Los miedos de Gaspar

Gaspar tenía ocho años y una imaginación enorme, tan grande como el cielo que veía desde la ventana de su cuarto. Durante el día era un niño curioso, de esos que se detienen a observar hormigas, nubes o cualquier cosa que despertara su interés. Le gustaba dibujar, inventar historias y construir ciudades con sus juguetes, perdiendo la noción del tiempo mientras jugaba en el suelo de su habitación.

Vivía con su mamá, su papá y su hermana menor, Clara, en una casa acogedora de una calle tranquila. Su cuarto era su lugar favorito: tenía libros de aventuras, una alfombra azul como el mar, una estantería un poco desordenada y una lámpara con forma de estrella que iluminaba las tardes de juego.

Clara dormía en el cuarto de al lado y, para Gaspar, parecía no tener miedo a nada. Cada noche se quedaba dormida abrazando su muñeca, mientras él se preguntaba cómo lo lograba.

Antes de dormir, sus padres siempre entraban a su cuarto para darle un beso y desearle buenas noches. Gaspar se sentía seguro cuando ellos estaban allí, escuchando sus voces y viendo la luz del pasillo encendida. Pero cuando la puerta se cerraba y la casa quedaba en silencio, algo cambiaba.

La noche hacía que su cuarto se viera diferente. Las paredes parecían más grandes, las sombras se estiraban y los ruidos se volvían más fuertes. El abrigo colgado detrás de la puerta parecía otra cosa, el armario crujía suavemente y el viento movía las ramas del árbol de afuera, dibujando sombras que caminaban por la pared.

Gaspar sabía que no había nada extraño. Lo sabía de verdad. Pero aun así, su corazón latía rápido y sentía un nudo en la panza. Cuanto más intentaba no pensar, más ideas aparecían en su cabeza. Se tapaba hasta la cabeza, dejaba los ojos bien abiertos y escuchaba cada sonido, esperando que el sueño llegara pronto.

Algunas noches lograba dormirse, pero otras no. Y en esas noches, el miedo se quedaba con él, silencioso y pesado.

Una de esas veces, Gaspar entendió que no quería seguir enfrentando eso solo. Salió de la cama con cuidado y caminó descalzo hasta el cuarto de sus padres. Tocó la puerta muy despacio. Su mamá abrió enseguida y lo abrazó fuerte.

—No puedo dormir —dijo Gaspar.

Volvieron juntos a su cuarto y encendieron la luz pequeña. Gaspar contó todo lo que sentía: las sombras, los ruidos, los pensamientos que aparecían sin avisar.

Sus padres lo escucharon con atención, sin apurarlo. Le explicaron que muchas personas sienten miedo en la oscuridad y que eso no tiene nada de malo.

Entre los tres revisaron el cuarto: miraron el armario, acomodaron el abrigo, cerraron la ventana para que no entrara tanto viento.

Su papá le enseñó a reconocer los sonidos normales de la casa, y su mamá dejó la puerta entreabierta y una luz suave encendida.

Esa noche, Gaspar tardó un poco en dormirse, pero se sentía diferente. El miedo seguía allí, más pequeño, pero ya no estaba solo.

Respiró despacio, escuchó los ruidos sin imaginar demasiado y, poco a poco, se quedó dormido.

Desde entonces, Gaspar empezó a hablar de lo que sentía. Algunas noches pedía un abrazo extra, otras solo necesititaba revisar su cuarto. El miedo no desapareció por completo, pero dejó de mandar.

Gaspar aprendió algo importante: ser valiente no es no tener miedo, sino atreverse a enfrentarlo, pedir ayuda y confiar en uno mismo.

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